12.18.2009

EL PACTO (Microrelato)

Él pasó sus dedos por el filo de su pantalón, como queriendo remendar sus arrugas, luego se ajustó la camisa, introduciendo la parte inferior dentro del pantalón. Se alisó el cabello hacia atrás con las palmas de las manos y sintió una gran vacuidad en el alma al mirarla aun desnuda en el borde de la cama. Terminó calzándose.
Salió a la calle apresuradamente. Dentro ella se quedó en silencio contando el dinero pactado…

© Patricio Sarmiento Reinoso

12.04.2009

EL VIAJE (CUENTO)


Apenas concebí las primeras luces del amanecer salté de mi cama, corrí hacia la ventana y constaté que aún no amanecía completamente, una carroza pasaba lentamente por la calle empedrada y los cascos de los caballos resonaban en seco en la calzada, me sentía tan contenta pues era la primera vez que mis padres me llevarían de viaje al exterior, me imaginé el barco: un vapor moderno, de esos que llevan restaurante a bordo y una sala con aquella máquina que proyecta imágenes en la pared, grandes salones para baile repletos de cuadros de animales marinos, enormes cortinas de terciopelo rojo, candelabros y lámparas, señores con esmoquin negro, sombrero de copa y bastón, damas de vestido largo, escotes con joyas y guantes blancos, me imaginaba el mar, el cielo azul, las gaviotas, los delfines junto al barco, todo eso me producía una extraña sensación de bienestar interior, pues iba a viajar, a conocer, a salir de esta ciudad donde nada pasa, pero debía prepararme para eso, así que saqué lo mejor de mis ropas, los vestidos holandeses que me trajo papá en verano pasado, los de vuelos anchos, mis botines de charol, la cintas de cabello bordadas, una para cada día, debía organizarme bien ya que, contando que la travesía duraría dos meses, mas los tres de permanencia en Europa y otros dos de regreso, serían como siete meses fuera de esta casa, por eso debía ir muy bien dispuesta, claro que obligaría a mamá a llevarme de compras a París, además que me encontraría con mis primas en Madrid, así que debía tener lo necesario para una plena estadía en el viaje.

Contuve los deseos de salir en estampida al cuarto de mis padres para despertarlos, de apurarlos para el viaje, pues el sol se filtraba con mayor intensidad por mi ventana, y a mi, me daba la impresión de que ese día nos quedaría corto para los preparativos, terminé de hacer mi equipaje, arreglé mi habitación, me extrañaba el silencio que imperaba, siendo sábado me resultaba raro que no se escucharan los griteríos de la gente en la feria semanal a una cuadra de mi casa, el relincho de los caballos, los voceadores de la mañana, nada, solo un silencio profundo se colaba conjuntamente con los rayos solares por mi ventana, me asomé y no vi ningún movimiento en la calle, a excepción de la carroza que pasó muy en la mañana, ninguna otra había pasado, ni los carretones de fruta y víveres dirigiéndose a la feria, ni los de carne, llamé a Jacinta para que me ayudara a atar los cordones del vestido en mi espalda pero no obtuve respuesta alguna, pensé que talvez mis padres la enviaron a la capital por la noche para que tenga todo dispuesto para nuestra partida o la enviaron a su pueblo para atender a su hija que había dado a luz, pues a pesar de que era la negra mas antigua de nuestra servidumbre y la esclavitud había desaparecido hace mucho tiempo ya, ella siguió sirviendo a la familia, sin cobrar un centavo, sino por el gusto de hacerlo, por costumbre, por la promesa que le hiciera a mi finado abuelo y porque según ella misma decía, que ya había echado raíces en esa casa y no quería ser replantada en otro sitio, se sentía en su casa y yo la consideraba como mi propia abuela, me cuidó desde muy pequeña y ocultaba mis travesuras a mis padres, en fin era mucho mas que una nana para mi, era parte de mi familia.

Me calcé las zapatillas y salí al corredor que daba al cuarto de mis padres, en el trayecto volví a llamar a Jacinta, pero tampoco contestó, me dirigí a la habitación de mis padres que estaba ubicada al fondo del corredor, toque la puerta con unos golpes muy leves, pero no me contestaron, así que golpeé con mayor intensidad pero tampoco respondieron, trate de abrir yo misma la puerta pero estaba cerrada por dentro, un escalofrío recorrió por entero mi cuerpo con la sola idea de que todos habían adelantado el viaje olvidándose de mí o talvez me dejaron a propósito, pero no podía entenderlo ya que hasta el día anterior conversaba con mamá a cerca de nuestro viaje y la veía igual de entusiasmada que yo, bajé la escalera hacia el salón principal, todo en completo estado de quietud, ni un solo ruido se escuchaba, mi corazón comenzó a palpitar mas rápido, corrí a la cocina y no había nadie, a esa hora debía estar toda la servidumbre preparando el desayuno, se me empezó a formar un nudo en la garganta, como iba a ser posible que una niña de casi once rompa a llorar como una bebita que no encuentra a sus papás, no, me trate de tranquilizar, pero era mayor mi desesperación conforme avanzaba por la casa, no había ni un alma, finalmente abrí la puerta y salí, le grité a Fermín nuestro cochero, pero como antes, tampoco obtuve respuesta, salí al empedrado de la calle, no se divisaba a persona alguna, ninguna carreta, ningún sonido, ¿como era posible que el día de feria no hubiera ni gente ni bullicio?, comencé a caminar hacia la feria, lentamente primero, luego empecé con un suave trote, sentía que mi corazón brincaba dentro de mi pecho, de pronto me di cuenta que corría velozmente por todo lo ancho de la plazoleta, lloraba y no podía contenerme, grité a pulmón abierto y como una loca el nombre de mis padres, y solo un eco sordo resonaba en medio de la plazoleta vacía, sentí dolor en mi pie izquierdo, me detuve y observé que había perdido mi zapatilla en la carrera y alguna espina se había incrustado en la planta del pie, respiré profundo sin llegar a entender que había sucedido, mi cabeza empezó a dar vueltas y todo empezó girar, se me nubló la vista y lo último que observé antes de que se oscureciera todo fue una paloma en el cielo, estaba suspendida en el aire, era blanca y no avanzaba sino que estaba ahí estática a unos veinte metros del piso, luego fue todo oscuridad para mí.

Unos fuertes golpes de puerta me despertaron, me encontraba en mi habitación, mi madre entró y me dejó un charol con el desayuno y me dijo que me apurara pues debía ir a la escuela, todo fue tan rápido que en el instante en que iba a preguntarle que había sucedido, que había pasado con el viaje, ella ya había salido, me incorporé y pensé en el viaje, me dolía un poco la cabeza, la radio empezó a tocar algo de Taylor Swift, el bullicio habitual me guió hacia la ventana, una serie de vehículos avanzaba lentamente, parados frente al semáforo, observé la gente frente a mí, escuché el autobús de la escuela pitando frente a la casa, sorbí rápidamente mi taza de café y antes de salir me llevé el flash memory donde tenía la información para enviarla por Internet desde la sala de cómputo de la escuela.


Patricio Sarmiento Reinoso

11.24.2009

EL RECIEN LLEGADO (Cuento)


En el pueblo, todos hablaban del recién llegado, y querían visitarlo. Ángel, mi hermano menor y yo, también queríamos ir, pero nuestros padres nos prohibieron que nos acerquemos a la casa parroquial donde él se encontraba, porque querían evitar el barullo de la muchedumbre que se apelotonaba a sus puertas.

— ¡No sé porqué tanto alboroto! ¡No es mas que un mocoso!—replicaba mi padre cada vez que se hablaba de él en la casa— ¡No entiendo tanta novedad!

Por las tardes jugábamos con una vieja pelota de trapo en la plaza del pueblo, junto con mis amigos Daniel y el Pepo. El Pepo me llevaba como dos años, y por tanto era el jefe de la banda, luego le seguía yo, luego Daniel y por último mi hermano Ángel, el más pequeño de todos. Aquella tarde el Pepo me dijo que debíamos ir a ver al recién llegado, mi hermano me miró con una cara de susto por la advertencia de nuestros padres, pero yo no iba a hacer notar mi temor frente a los demás y sobre todo frente al Pepo, así que le dije a mi hermano que iría con ellos, y que él, debía regresar a casa, pero cuidado con contarle a papá a donde nos fuimos. Ángel dio un paso hacia atrás y cruzando los brazos se mostró inmutable en su repuesta:

— ¡Me voy a ir con Ustedes!

De manera que a regañadientes tuvimos que llevarlo con nosotros.

Rodeamos la casa parroquial y nos adentramos en una vieja construcción que colinda con ella, unas paredes vetustas se expusieron ante nosotros, el Pepo sabía exactamente a donde debíamos dirigirnos, así que lo seguimos sin preguntar hasta el tercer piso. Fuimos hacia la ventana, sorteando grandes hoyos en la madera del piso y observamos una viga desmigajada por las lluvias de mayo, que atravesaba a manera de puente entre la ventana de esta edificación y la terraza de la otra. Miré a mi hermano y noté que el temor se apoderaba de él. El Pepo fue el primero en atravesar la viga, la cual vibraba con cada paso que daba, pero lo hizo con gran agilidad y ligereza, lo que me hizo suponer que no era la primera vez que lo hacía; luego pasó Daniel, lento pero lo logró, me volví hacia Ángel y le dije que no tenía que hacerlo, que pronto íbamos a regresar y que nos espere en ese sitio, él a pesar del miedo que sentía se mantuvo firme en el deseo de continuar con nosotros. Miré al Pepo al otro lado, que empezaba a poner una cara de impaciencia, me volví y le di algunas instrucciones a Ángel antes de iniciar su travesía por la viga, le dije que ponga un pie frente a otro, que vaya despacio, tranquilo y sobre todo sin mirar hacia abajo. Ángel inició su recorrido, se posó al inicio, y empezó a deslizar sus zapatos deportivos sin levantar los pies, le dije que se calme, mi corazón empezó a retumbar. Puso sus brazos en forma de avión y continuó. El Pepo y Daniel observaban con incertidumbre desde el lado opuesto, mi corazón estaba como el tambor y no me decidía si seguirlo de cerca o esperar a que llegue al otro lado para pasar. Cuando había recorrido un poco más de la mitad, un viento cruzado, hizo que Ángel pierda el equilibrio, su cuello, tenso como una cuerda, hizo visible su vena yugular por el esfuerzo de mantenerse en pié, le grité que se tranquilice y que se siente en la viga, él balanceaba sus brazos en constante ademán para mantener el equilibrio — ¡Me caigo!— gritó y en un pestañeo, estaba tendido en la calle diez metros abajo. Me quedé paralizado por completo, no hubo ruido al caer, ni gritos, como suele verse en las películas, nada, solo el cuerpo de mi hermano tendido allá abajo, mis lágrimas empezaron a aflorar de manera incesante, y miré que mis amigos del frente habían desaparecido, seguro fueron en busca de ayuda. El shock me duró unos cuantos segundos, cuando reaccioné, me encontré escaleras abajo, abalanzándome hacia la calle. Salí y tropecé con el cuerpo de mi hermano, estaba boca abajo y de su oído derecho salía un hilillo rojo que formaba un pequeño charco en la calzada, muchas personas empezaron a rodearnos con un griterío de mercado, iba a tocarlo, a levantarle la cabeza, a voltearlo, pero alguien de la muchedumbre me gritó que no lo hiciera. Me detuve en seco, sentía una presión en el pecho que no me permitía respirar bien, era una sensación de culpa y desesperación. De pronto, allí estaba él, delante del Pepo y de Daniel, lo reconocí de inmediato pese a que nunca lo había visto, llevaba una camiseta blanca, unos pantalones desteñidos y unas sandalias, no era mayor a nosotros y su estatura era mas bien baja, sus ojos parecían tener una tristeza infinita y cuando miró a mi hermano, se le llenaron de lágrimas. El recién llegado se abrió paso entre la multitud y vino hacia nosotros, el Pepo me agarró por el brazo y me alejó unos pasos, él se inclinó junto a mi hermano y tocándole la espalda, empezó a llorar profusamente pero en silencio, un olor a rosas recién cortadas se apoderó del ambiente, cuando sus lágrimas cayeron sobre mi hermano, no pude evitar llorar yo también, y note que muchos de los presentes también lo hacían, incluyendo a mis amigos. Él continuaba arrodillado, mojando a mi hermano con sus lagrimas y emanando ese aroma dulce de rosas, al momento, mi hermano empezó a moverse, alzó la cabeza, se fue incorporando lentamente y se puso de pié, yo conteniendo la respiración, no podía creer lo que estaba viendo, mi hermano Ángel estaba sano y salvo, lo abracé junto a mis amigos en una explosión de júbilo y risas nerviosas, los aplausos resonaron en un constante tableteo abrumador, mi hermano no podía recordar nada de lo que había pasado, excepto ese aroma de flor que lo envolvía completamente, me volví para agradecerle al recién llegado, pero éste se había marchado. Entonces comprendí el porqué de la muchedumbre alrededor de él, muchos de ellos enfermos, paralíticos, tísicos, miserables, corruptos, agónicos, desvalidos y lisiados, el porqué de sus ojos tan tristes y llenos de lágrimas, y supe además, que aún existen ángeles vivos en el mundo, algunos que lloran lágrimas de flor para curarnos.

Agarramos nuestra pelota de trapo, y continuamos jugando en la plaza del pueblo hasta la hora de la cena…


© Patricio Sarmiento Reinoso

11.19.2009

EL REENCUENTRO (Microrelato)


El hombre salió de su auto, dando gracias que por fin se alejaba de ese tráfico infernal, empezó a caminar, sobrio, ausente, silente, como lo hacía cada mañana, a esas mismas horas, por ese mismo lugar, de la mano de la rutina. Al llegar a la esquina, creyó reconocer a una antigua amante al otro lado de la transitada calle, miró el semáforo que acababa de cambiar de color, notó un leve cosquilleo en las manos, eran síntomas de que le sudaban, los segundos se tornaban eternos, allí, parado, esperando un cambio de humor en el día. Una leve taquicardia de antaño se dio cita en su cansado corazón. Mientras esperaba el permiso del semáforo para correr hacia ella y saludarla, vinieron de golpe a su mente toda una oleada de recuerdos en forma de imàgenes en blanco y negro, que le hicieron retumbar las sienes. La perdió de vista entre el gentío. Se alzó de puntas para divisarla.No lo logró...

Apenas pudo cruzar, corrió al lugar donde la había visto. Desde allí volvió a reconocer su figura unos metros más adelante, perdida entre un bosque de cuerpos. Cuando quiso llamarla, se percató que había olvidado su nombre, entonces se dio cuenta que era inútil el reencuentro.


© Patricio Sarmiento Reinoso
Cuenca, Noviembre 19 de 2009

11.12.2009

SOLO (Microrelato)

Desperté, pero no tuve las fuerzas aún para abrir los ojos. Permanecí inmóvil por un tiempo más, sintiendo los latidos de mi corazón sobre la almohada. Me moví apenas lo suficiente para acercarme a tu cuerpo, para sentir tu aliento nocturno, dejé caminar lentamente mi mano hacia tu lado de la cama, e imaginé inconsciente tu cara, tus ojos dormidos, tu apacible respiración, tu pecho en flor, el filo de tus caderas desnudas, como si pudiera verte a través de mis dedos, continué mi exploración, para sentirte, para amarrarte en un abrazo, para cobijarme en tu cuerpo, pero lo único que hallé fue el más grande hueco, un vacío insondable de medianoche, la oscuridad acrecentó mi ansiedad hasta el extremo, me incorporé hasta quedarme sentado, giré mi cara hacia tu lado como si así pudiera verte en la penumbra y evacué toda la desesperación de sentirme solo.
¡¡Amandaaaaaaaaaa!!

© Patricio Sarmiento Reinoso