
Apenas concebí las primeras luces del amanecer salté de mi cama, corrí hacia la ventana y constaté que aún no amanecía completamente, una carroza pasaba lentamente por la calle empedrada y los cascos de los caballos resonaban en seco en la calzada, me sentía tan contenta pues era la primera vez que mis padres me llevarían de viaje al exterior, me imaginé el barco: un vapor moderno, de esos que llevan restaurante a bordo y una sala con aquella máquina que proyecta imágenes en la pared, grandes salones para baile repletos de cuadros de animales marinos, enormes cortinas de terciopelo rojo, candelabros y lámparas, señores con esmoquin negro, sombrero de copa y bastón, damas de vestido largo, escotes con joyas y guantes blancos, me imaginaba el mar, el cielo azul, las gaviotas, los delfines junto al barco, todo eso me producía una extraña sensación de bienestar interior, pues iba a viajar, a conocer, a salir de esta ciudad donde nada pasa, pero debía prepararme para eso, así que saqué lo mejor de mis ropas, los vestidos holandeses que me trajo papá en verano pasado, los de vuelos anchos, mis botines de charol, la cintas de cabello bordadas, una para cada día, debía organizarme bien ya que, contando que la travesía duraría dos meses, mas los tres de permanencia en Europa y otros dos de regreso, serían como siete meses fuera de esta casa, por eso debía ir muy bien dispuesta, claro que obligaría a mamá a llevarme de compras a París, además que me encontraría con mis primas en Madrid, así que debía tener lo necesario para una plena estadía en el viaje.
Contuve los deseos de salir en estampida al cuarto de mis padres para despertarlos, de apurarlos para el viaje, pues el sol se filtraba con mayor intensidad por mi ventana, y a mi, me daba la impresión de que ese día nos quedaría corto para los preparativos, terminé de hacer mi equipaje, arreglé mi habitación, me extrañaba el silencio que imperaba, siendo sábado me resultaba raro que no se escucharan los griteríos de la gente en la feria semanal a una cuadra de mi casa, el relincho de los caballos, los voceadores de la mañana, nada, solo un silencio profundo se colaba conjuntamente con los rayos solares por mi ventana, me asomé y no vi ningún movimiento en la calle, a excepción de la carroza que pasó muy en la mañana, ninguna otra había pasado, ni los carretones de fruta y víveres dirigiéndose a la feria, ni los de carne, llamé a Jacinta para que me ayudara a atar los cordones del vestido en mi espalda pero no obtuve respuesta alguna, pensé que talvez mis padres la enviaron a la capital por la noche para que tenga todo dispuesto para nuestra partida o la enviaron a su pueblo para atender a su hija que había dado a luz, pues a pesar de que era la negra mas antigua de nuestra servidumbre y la esclavitud había desaparecido hace mucho tiempo ya, ella siguió sirviendo a la familia, sin cobrar un centavo, sino por el gusto de hacerlo, por costumbre, por la promesa que le hiciera a mi finado abuelo y porque según ella misma decía, que ya había echado raíces en esa casa y no quería ser replantada en otro sitio, se sentía en su casa y yo la consideraba como mi propia abuela, me cuidó desde muy pequeña y ocultaba mis travesuras a mis padres, en fin era mucho mas que una nana para mi, era parte de mi familia.
Me calcé las zapatillas y salí al corredor que daba al cuarto de mis padres, en el trayecto volví a llamar a Jacinta, pero tampoco contestó, me dirigí a la habitación de mis padres que estaba ubicada al fondo del corredor, toque la puerta con unos golpes muy leves, pero no me contestaron, así que golpeé con mayor intensidad pero tampoco respondieron, trate de abrir yo misma la puerta pero estaba cerrada por dentro, un escalofrío recorrió por entero mi cuerpo con la sola idea de que todos habían adelantado el viaje olvidándose de mí o talvez me dejaron a propósito, pero no podía entenderlo ya que hasta el día anterior conversaba con mamá a cerca de nuestro viaje y la veía igual de entusiasmada que yo, bajé la escalera hacia el salón principal, todo en completo estado de quietud, ni un solo ruido se escuchaba, mi corazón comenzó a palpitar mas rápido, corrí a la cocina y no había nadie, a esa hora debía estar toda la servidumbre preparando el desayuno, se me empezó a formar un nudo en la garganta, como iba a ser posible que una niña de casi once rompa a llorar como una bebita que no encuentra a sus papás, no, me trate de tranquilizar, pero era mayor mi desesperación conforme avanzaba por la casa, no había ni un alma, finalmente abrí la puerta y salí, le grité a Fermín nuestro cochero, pero como antes, tampoco obtuve respuesta, salí al empedrado de la calle, no se divisaba a persona alguna, ninguna carreta, ningún sonido, ¿como era posible que el día de feria no hubiera ni gente ni bullicio?, comencé a caminar hacia la feria, lentamente primero, luego empecé con un suave trote, sentía que mi corazón brincaba dentro de mi pecho, de pronto me di cuenta que corría velozmente por todo lo ancho de la plazoleta, lloraba y no podía contenerme, grité a pulmón abierto y como una loca el nombre de mis padres, y solo un eco sordo resonaba en medio de la plazoleta vacía, sentí dolor en mi pie izquierdo, me detuve y observé que había perdido mi zapatilla en la carrera y alguna espina se había incrustado en la planta del pie, respiré profundo sin llegar a entender que había sucedido, mi cabeza empezó a dar vueltas y todo empezó girar, se me nubló la vista y lo último que observé antes de que se oscureciera todo fue una paloma en el cielo, estaba suspendida en el aire, era blanca y no avanzaba sino que estaba ahí estática a unos veinte metros del piso, luego fue todo oscuridad para mí.
Unos fuertes golpes de puerta me despertaron, me encontraba en mi habitación, mi madre entró y me dejó un charol con el desayuno y me dijo que me apurara pues debía ir a la escuela, todo fue tan rápido que en el instante en que iba a preguntarle que había sucedido, que había pasado con el viaje, ella ya había salido, me incorporé y pensé en el viaje, me dolía un poco la cabeza, la radio empezó a tocar algo de Taylor Swift, el bullicio habitual me guió hacia la ventana, una serie de vehículos avanzaba lentamente, parados frente al semáforo, observé la gente frente a mí, escuché el autobús de la escuela pitando frente a la casa, sorbí rápidamente mi taza de café y antes de salir me llevé el flash memory donde tenía la información para enviarla por Internet desde la sala de cómputo de la escuela.
Patricio Sarmiento Reinoso